Por Alexandru Otero Tamayo M.
Alcance, oportunidades
y tensiones estructurales
La conclusión del Tratado de Libre Comercio entre la Unión Europea y la India constituye uno de los acontecimientos más relevantes del comercio internacional contemporáneo. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lo definió como “la madre de todos los acuerdos”, una expresión que refleja tanto su dimensión económica como su profundidad estratégica en un contexto global caracterizado por la fragmentación comercial y la reconfiguración de las cadenas de suministro.
El acuerdo vincula a dos bloques de enorme peso estructural. La Unión Europea, con alrededor de 450 millones de habitantes y un PIB cercano a los 17 billones de dólares, se asocia con la India, el país más poblado del mundo, con más de 1,430 millones de personas y un PIB que supera los 3.5 billones de dólares. En conjunto, representan cerca del 20 % de la población mundial y un porcentaje significativo del comercio y la producción global, lo que convierte al tratado en uno de los más ambiciosos jamás negociados.
Desde la óptica del comercio exterior europeo, el acuerdo responde a la necesidad de diversificar mercados, reducir dependencias estratégicas y fortalecer alianzas con economías dinámicas del Indo-Pacífico. Para la India, supone un acceso preferencial a uno de los mercados más exigentes del mundo, así como una plataforma para atraer inversión extranjera directa, acelerar la modernización industrial y consolidar su integración en las cadenas globales de valor.
El impacto sectorial será amplio. Se prevé un crecimiento sustancial del intercambio bilateral en manufacturas, productos farmacéuticos, tecnologías de la información, servicios, energías limpias y automoción. Asimismo, el tratado facilita la movilidad de profesionales, la cooperación tecnológica y la armonización parcial de normas técnicas, elementos clave para el comercio de alto valor añadido.
No obstante, el capítulo agrícola se perfila como uno de los más controvertidos. Los productores europeos han manifestado preocupación ante la competencia de importaciones indias que se benefician de costos de producción más bajos derivados de marcos regulatorios menos estrictos. A diferencia de la Unión Europea, donde rigen normas rigurosas en materia ambiental, uso de agroquímicos, trazabilidad, bienestar animal y derechos laborales, la India opera bajo estándares más flexibles, lo que genera una asimetría competitiva significativa.
Este desequilibrio ha obligado a la Comisión Europea a incorporar cláusulas de salvaguardia, calendarios de desgravación progresiva y compromisos de convergencia normativa, con el fin de mitigar impactos adversos sobre el sector agrícola europeo y evitar distorsiones en el mercado interno. El éxito del acuerdo dependerá, en gran medida, de la eficacia de estos mecanismos y de su correcta implementación.
Más allá de lo económico, el tratado tiene una clara dimensión geopolítica. Envía una señal a favor del comercio basado en reglas, del multilateralismo y de la cooperación estratégica entre democracias en un entorno internacional cada vez más polarizado. En este sentido, el acuerdo UE–India no solo redefine las relaciones comerciales bilaterales, sino que se consolida como un pilar del nuevo equilibrio económico global.
Se prevé un crecimiento sustancial del intercambio bilateral
en manufacturas, productos farmacéuticos, tecnologías
de la información, servicios, energías limpias y automoción”.
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