China y América Latina: los TLC entre la oportunidad comercial y los cambios políticos

China y América Latina

Durante las últimas dos décadas, China ha construido una presencia económica cada vez más profunda en América Latina. Una de las herramientas más importantes de esta estrategia han sido los Tratados de Libre Comercio (TLC), que han permitido a Pekín establecer condiciones preferenciales de acceso a mercados latinoamericanos y, al mismo tiempo, asegurar nuevas vías para sus exportaciones, inversiones y cadenas de suministro.

Sin embargo, el mapa de estos acuerdos comienza a revelar algo más que una expansión comercial. También refleja los cambios políticos de la región y las distintas maneras en que cada gobierno busca equilibrar sus relaciones con China, Estados Unidos y otros socios estratégicos.

Actualmente, Chile, Perú, Ecuador, Costa Rica y Nicaragua mantienen TLC vigentes con China, mientras Honduras negocia un acuerdo y Colombia se encuentra en una posición mucho más cautelosa. México y Brasil, las dos mayores economías latinoamericanas, comercian intensamente con el gigante asiático, pero no cuentan con un tratado de libre comercio con Pekín.

El resultado es un mapa comercial peculiar: una especie de corredor que comienza en el Cono Sur, asciende por la costa del Pacífico y alcanza Centroamérica. Detrás de esta expansión existen razones económicas evidentes, pero también decisiones políticas que pueden acelerar, frenar o incluso modificar el rumbo de los vínculos con China.

CHILE: EL PIONERO QUE MANTIENE EL RUMBO

Chile fue el primer país latinoamericano en establecer un TLC con China. El acuerdo entró en vigor en octubre de 2006, convirtiéndose en un instrumento fundamental de la estrategia chilena de apertura hacia Asia-Pacífico. Con el paso de los años, la relación se amplió más allá del comercio de mercancías: el capítulo de servicios comenzó a regir en 2010, el de inversiones en 2014 y una modernización posterior incorporó nuevas disciplinas, entre ellas comercio electrónico y medio ambiente.

Veinte años después, Chile no solamente mantiene vigente el tratado, sino que lo considera uno de los acuerdos más relevantes y transformadores de su política comercial. La propia Subsecretaría de Relaciones Económicas Internacionales (SUBREI) destaca que la apertura hacia Asia ha sido uno de los pilares de la inserción internacional del país. En 2025, Asia representó el 55.4% de los embarques chilenos al mundo.

Lo más significativo es que el cambio político no ha modificado esta estrategia.

El presidente José Antonio Kast, quien asumió en marzo de 2026, ha buscado fortalecer la cooperación con Estados Unidos, incluso en sectores estratégicos, pero Chile mantiene simultáneamente sus vínculos económicos con China. Es una política que revela una característica tradicional de la diplomacia comercial chilena: separar, en la medida de lo posible, las preferencias políticas de los intereses económicos.

Para Santiago, China es demasiado importante como mercado y como socio comercial para convertir la relación en una cuestión de alineamientos ideológicos. La apuesta consiste en mantener abiertos ambos canales: una relación política y de seguridad cercana con Washington y, al mismo tiempo, una relación comercial profunda con Pekín.

Esta estrategia adquiere todavía mayor relevancia en un escenario internacional en el que la cercanía política no siempre garantiza ventajas comerciales. Las recientes tensiones con Estados Unidos y los aranceles aplicados a productos chilenos han recordado a Santiago que la diversificación de mercados continúa siendo un activo estratégico.

PERÚ Y ECUADOR: EL PACÍFICO COMO PUERTA DE ENTRADA

Después de Chile, Perú fue otro de los países que apostó tempranamente por un TLC con China. El acuerdo entró en vigor en marzo de 2010 e incorporó comercio de bienes y servicios, inversiones, propiedad intelectual, procedimientos aduaneros y mecanismos de solución de controversias. Posteriormente, ambos países acordaron su modernización.

La lógica económica resulta evidente. Perú posee productos mineros y agroalimentarios con fuerte demanda en China y, gracias al acuerdo, ha podido ampliar las oportunidades para sus exportaciones. China, por su parte, encuentra en Perú un mercado estratégico y una plataforma para profundizar su presencia en Sudamérica.

Ecuador siguió una ruta más reciente. Su TLC con China entró en vigor en mayo de 2024 y contempla la eliminación progresiva de aranceles para alrededor del 90% de las líneas arancelarias. El acuerdo ofrece mejores condiciones de acceso al mercado chino para productos como camarón, banano, cacao, café, pescado y flores, mientras que las empresas chinas obtienen condiciones preferenciales para maquinaria, automóviles, baterías, productos de acero y equipos eléctricos.

El presidente ecuatoriano Daniel Noboa ha buscado, además, atraer inversiones chinas, particularmente hacia sectores estratégicos como energía y minería. De esta manera, el TLC deja de ser únicamente un instrumento para reducir aranceles y se convierte en una plataforma para captar capital, tecnología y nuevos proyectos.

CENTROAMÉRICA: COMERCIO Y GEOPOLÍTICA

En Centroamérica, la expansión de China presenta una dimensión adicional: la relación con Taiwán.

Costa Rica estableció relaciones diplomáticas con la República Popular China en 2007 y posteriormente negoció el TLC que entró en vigor en 2011. Nicaragua siguió una trayectoria similar después de romper relaciones con Taiwán en 2021: firmó su acuerdo con China en 2023 y comenzó a aplicarlo el 1 de enero de 2024. Honduras abrió relaciones diplomáticas con Pekín en 2023 y posteriormente inició negociaciones para un TLC.

No obstante, el reconocimiento diplomático de Pekín no conduce automáticamente a un tratado comercial. Panamá, El Salvador y República Dominicana también cambiaron sus relaciones diplomáticas con Taiwán en favor de China, pero no cuentan actualmente con un TLC vigente con el gigante asiático. Panamá inició negociaciones en 2018, aunque el proceso permanece estancado.

Esto demuestra que la expansión económica china en América Latina no responde a una sola fórmula. En algunos países predominan los intereses comerciales; en otros, la búsqueda de inversión y nuevos mercados; y en algunos casos la relación económica está estrechamente vinculada con decisiones de política exterior.

COLOMBIA: CUANDO CAMBIA EL GOBIERNO, CAMBIA LA PRIORIDAD

Colombia representa actualmente uno de los ejemplos más claros de cómo los cambios políticos pueden modificar la aproximación a China.

Durante el gobierno de Gustavo Petro, Bogotá intensificó el acercamiento a Pekín. En mayo de 2025, Colombia se incorporó a la Iniciativa de la Franja y la Ruta y avanzó con China en un estudio conjunto de viabilidad para explorar un eventual Tratado de Libre Comercio.

El escenario cambió con la llegada del nuevo gobierno de Abelardo de la Espriella en agosto de 2026. El nuevo Ejecutivo anunció el retiro de Colombia de la Iniciativa de la Franja y la Ruta y dio prioridad a un mayor acercamiento político y de seguridad con Estados Unidos. En este contexto, el proyecto de avanzar hacia un TLC con China quedó congelado, o al menos perdió el impulso que había adquirido durante la administración anterior.

El caso colombiano es especialmente significativo porque demuestra que los acuerdos comerciales no existen en un vacío político. Una negociación puede comenzar bajo determinadas circunstancias y perder prioridad cuando un nuevo gobierno redefine sus alianzas estratégicas.

Pero también plantea una pregunta de mayor alcance: ¿hasta qué punto América Latina puede separar sus intereses comerciales de las crecientes tensiones geopolíticas entre China y Estados Unidos?

MÉXICO: UNA RELACIÓN CON CHINA BAJO OTRA LÓGICA

El caso mexicano es completamente diferente.

México mantiene una relación comercial intensa con China, pero no ha optado por negociar un TLC con Pekín. La razón principal no es la ausencia de interés económico, sino la particular estructura de la economía mexicana y su profunda integración con Estados Unidos y Canadá.

El T-MEC constituye el eje fundamental de la inserción comercial mexicana. La industria manufacturera del país está estrechamente vinculada con las cadenas productivas de América del Norte, especialmente en sectores como automóviles, autopartes, electrónicos, maquinaria y dispositivos tecnológicos.

Esta integración genera oportunidades enormes, pero también establece límites estratégicos. México debe cuidar especialmente la relación con sus dos principales socios comerciales, particularmente en un momento en que el T-MEC se encuentra sometido a una revisión y en el que Washington ha incrementado la presión para reducir la dependencia de suministros procedentes de China.

Por ello, la posición mexicana frente a China debe entenderse más como una política de cautela estratégica que como un rechazo al gigante asiático.

México comercia con China, importa maquinaria, componentes, bienes de consumo y productos intermedios, y mantiene abiertas oportunidades para la inversión. Sin embargo, al mismo tiempo busca evitar que una mayor dependencia comercial de Pekín genere conflictos con sus socios norteamericanos o afecte la competitividad de las cadenas de suministro integradas en América del Norte.

El problema se vuelve particularmente sensible en sectores donde los productos chinos compiten directamente con la producción mexicana o pueden ingresar al mercado norteamericano utilizando cadenas de suministro establecidas en México.

Las recientes medidas comerciales muestran la complejidad del escenario. China, por ejemplo, impuso en agosto de 2026 aranceles antidumping de 51.6% a las exportaciones mexicanas de nuez pecana, mientras México ha adoptado también medidas arancelarias sobre productos asiáticos, mayoritariamente chinos, en un contexto marcado por las negociaciones con Estados Unidos en torno al T-MEC.

Así, mientras Chile puede utilizar su red de tratados para diversificar mercados y reducir riesgos, México debe administrar un delicado equilibrio: aprovechar el enorme mercado chino sin poner en riesgo la integración productiva que constituye una de sus principales ventajas competitivas frente al mundo.

DOS CAMINOS FRENTE A UN MISMO SOCIO

El mapa de los TLC chinos en América Latina revela, en realidad, dos estrategias diferentes.

Una es la de países como Chile, Perú y Ecuador, que consideran que el acceso preferencial al mercado chino constituye una oportunidad que debe aprovecharse independientemente de quién gobierne. En ellos existe una tradición de apertura comercial y diversificación de mercados que trasciende los ciclos políticos.

La otra es la de países que, como Colombia, pueden modificar sus prioridades comerciales cuando cambia el gobierno y se redefinen las alianzas internacionales.

México representa una tercera vía: mantiene una relación comercial importante con China, pero sin un TLC y dentro de los límites que impone su extraordinaria integración con Estados Unidos y Canadá.

En todos los casos, China seguirá siendo imposible de ignorar. Su peso en el comercio latinoamericano ha aumentado de manera extraordinaria: pasó de representar apenas 1.7% del comercio exterior de América Latina en 2000 a alrededor de 17% en 2023.

La verdadera discusión, por tanto, ya no consiste en decidir si América Latina debe comerciar con China. China ya está presente y es demasiado importante para ser excluida. La cuestión es cómo relacionarse con ella sin sacrificar autonomía, diversificación ni los vínculos estratégicos existentes.

Chile parece haber encontrado una fórmula pragmática: mantener abiertos todos los mercados y aprovechar cada acuerdo en beneficio de sus intereses nacionales. Colombia, en cambio, muestra cómo un giro político puede modificar rápidamente las prioridades. México enfrenta un dilema todavía más complejo: necesita diversificar sus relaciones económicas, pero al mismo tiempo debe proteger el enorme entramado productivo que comparte con Estados Unidos y Canadá.

En una América Latina cada vez más disputada entre grandes potencias, los TLC han dejado de ser simples instrumentos comerciales. Son también herramientas de política exterior, de posicionamiento estratégico y de poder económico. Y el desafío para cada país será encontrar el equilibrio que le permita aprovechar las oportunidades de China sin convertirlas en una nueva dependencia.

(Con información de DW)

En todos los casos, China seguirá siendo imposible de ignorar. Su peso en el comercio latinoamericano ha aumentado de manera extraordinaria: pasó de representar apenas 1.7% del comercio exterior de América Latina en 2000 a alrededor de 17% en 2023”.

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